LIBROS ENCANTADOS

http://www.librosencantados.com / www.librosencantados.com / www.librosencantados.com

A tí, que has seguido este blog durante mucho tiempo, que has demostrado fidelidad y gusto, quiero hacerte partícipe del nacimiento de una PAGINA EXCLUSIVA DEL AUTOR que pretende recopilar el material literario y de investigación que se hallaba disperso por LA RED.

Será una página completa y, como siempre, mágica y llena de sorpresas, donde podrá seguir sus RELATOS CORTOS más fascinantes y divertidos, acceder a sus PUBLICACIONES digitales, consultar y participar en cualquiera de sus tres BLOGS:

– Nada personal

– Háblame de nostalgias

– Últimos enigmas.

Entra ahora y comienza una nueva aventura.

Álvaro Rendón

Gracias, Álvaro Rendón

El viento y la piedra

© Álvaro Rendón Gómez

Debió destacar como ningún otro edificio. Y eso que en El Puerto los hay muy bien plantados, cuyas fachadas aun reflejan el pasado de una época próspera. Y los patios que cobijan, qué me dicen de ellos. La Prioral es una inmensa mole de piedra, de planta gótica y remates neo-renacentistas que se eleva sobre un templete escalonado. No guarda proporción con los edificios colindantes, en especial con la capilla de la Aurora, tan modesta y tan hermosa, que apenas la roza por una de sus esquinas. La bien planeada plaza de España permite contemplar el monumento en su justa proporción.

Y, si no fuera suficiente, se puede admirar desde Micaela Aramburu, recorriendo con la vista toda la calle Palacios. Es una visión espeluznante hacerlo al atardecer, cuando la luz desfallecida aún tiene ánimos para jugar con la espadaña y el campanario, cuando proyecta sombra sobre los contrafuertes y la recorta del inmenso cielo.

Las columnas que señalaban los límites del suelo sagrado ya no sostienen guirnaldas de hierro, donde los críos nos columpiábamos con equilibrio arriesgado e inestable.

Mientras la circundamos, sorprenden muchos detalles de la misma: La modesta capillita de la Virgen, oratorio callejero y recuerdo de su celestial presencia. Nunca faltan flores frescas y los candelabros laterales aún brillan mientras la ciudad duerme. En dirección sur, al otro lado de la portada, hay una gran cruz de madera que recuerda a Cristo en su pasión. La madera se ha abierto y apenas se sostiene con los cuatro agarres de hierro que la fijan al paramento. Sus lineas oscuras, entrecruzadas y ordenadas, forman un doble eje de simetría respecto del ventanal y los ojos ovalados.

Qué será de ella cuando los vientos de poniente y levante, tan característicos y conocidos, acaben por borrar la fisonomía de sus tallas, en su afán por devolver lentamente la arenisca que la conforman a la sierra de San Cristóbal. Quién detendrá este deterioro, esta conversión a la nada de su impresionante alzado. Qué será de sus espectaculares remates, de sus bajorrelieves, de las virtudes capitales que otean impertérritas la ciudad, de la enigmática fachada del sol y la pretendida fachada gótica.

Si nadie lo remedia, acabarán desdibujadas en el espacio y el tiempo; en ese tiempo que alguna vez marcó el reloj de la torre lateral de levante. Acaso no es irónico que sus agujas estén detenidas en las diez y diez, la hora más simpática.

Silencio

© Álvaro Rendón Gómez

Apagó el penúltimo brillo de su mirada. Estaba cansado de gritar, de ofrecerse, de tirar de un yugo imaginario que lo ataba al pasado. Desengañado por aquellas negras palabras, recordatorias de venganzas arcaicas, inspiró un largo suspiro de aire húmedo, contaminado por indiscretos lamentos y fue desanudando uno a uno los lazos amorosos que lo tenían esclavizado a una promesa.

En silencio, desnudo frente al mar, los pies mojados y el alma hecha trizas, tragó densas lágrimas de incomprensión e indiferencia. Cerró los párpados, queriendo apagar la luz que llevaba clavada en el alma. Se tapó las orejas y no quiso oír nunca más el monótono golpear de aquellos recuerdos de agua que hoy batían contra su anhelo. Fue demasiado ingenuo al pensar que alguien le necesitaba.

No quiso volver la cabeza. El dolor le liberó el alma. Entonces, abrió los ojos a la nueva realidad. Limpió el desgarro con agua salada, la tapó con algas y abandonó el yugo que había ceñido durante demasiado tiempo. Estaba en el lugar donde siempre deseó estar, pero aquello ya no era como había evocado. Era todo tan estéril, tan marchito y cutre que gritó al horizonte su firme decisión. Nunca más. Me oís. Jamás volveréis a hacerme daño. Os juro, con la firmeza del hombre herido, que renuncio para siempre a mi promesa. No oiré más desprecios. Quedaos con vuestro silencio. Me quedo con mi indiferencia. Sólo así podré soportar este destierro personal.
Nunca más. Me oís. Jamás. Nada os debo. Sacudió las zapatillas de lona y caminó descalzo. La arena que siempre le había recordado a su pueblo, que despertaba un pasado nostálgico adherido a su alma como una garrapata, ya no decía nada. Caminó despacio, con la cabeza muy alta. Mi indiferencia será para siempre. Se prometió con solemnidad.

Qué somos, en realidad

© Álvaro Rendón Gómez

Somos como nacemos y de donde nacemos. Las experiencias sólo pulen la piedra del carácter y las maneras de expresarnos. Otra cosa bien distinta es cómo nos ven los demás. Qué imagen proyectamos de nosotros mismos. Qué somos para la gente. Es difícil de saber. Tampoco tenemos tiempo para detenernos. Por eso, sólo captamos fugaces destellos de apariencia. Y casi es mejor así, porque a veces nos arrepentiríamos de conocer la realidad de muchos.

Por eso, aunque no me gusta juzgar por las apariencias, por lo externo, a menudo lo hago. Trato de abstraerme e ir a lo que me interesa: Respirar, sentir moderadamente, ver, oír y atender a quienes me requieren. Huyo de las medallas, de los reconocimientos temporales y doy las gracias a quienes no me hacen perder el tiempo.

Soy consciente de que la apariencia no refleja el interior. Las cajas para regalos se concibieron para sorprender, disfrazar lo que guardan. Como monas de Pascua envueltas en papel de plata y celofán, huecas por dentro, así me imagino a la gente que va permanentemente trajeada. Su elegante terno, camisa recién planchada, peinado al agua y algún detalle de color prendido al ojal. Conversan de cosas intrascendentes. Frente al compromiso de articular dos frases seguidas que guarden cierta coherencia, siempre citan a otros que pensaron por él, y tratan de robarnos la cartera. Son maniquíes de un escaparate público, vestidos para mostrar la ropa prestada. Aparentan ser personas pero sus cuerpos son de cartón o yeso, de mirada ciega. Os habéis fijado en sus manos. Son aterciopeladas y bien modeladas,  pero no engañan a nadie. Son insensibles terminales de unos brazos inmóviles, sujetos al tronco por tornillos, pernos y ganchos. Y las piernas, dónde le llevarán si apenas se sostienen verticales, que precisan de una plataforma para no inclinarse. Nunca el vestido hizo inteligente al mono, ni convirtió al hombre bobo en sabio. El vestido, en la mayoría de los casos, es como una gruesa capa que le sirve para marcar el límite de su territorio interior, un disfraz para ocultar la nada de sus vidas.

Disfruto observándolos, examinándolos. Soy un devorador de vidas ajenas que despiertan mi interés. Odio a esos estúpidos siempre trajeados con el terno de cristianar, que parecen estar asistiendo a eternos bautizos, comuniones, bodas y entierros. Y es que resulta tan fácil seguir los dictados de una sociedad que reclama aparentar para formar parte de su absurda mentira, que pocos se resisten a sucumbir.

Por eso, me dejo llenar de mundo, de sensaciones, del espectáculo de la Naturaleza, de sus manifestaciones sorpresivas. Trato de aprender del tiempo, fundirme en el espacio, comprender lo poco que uno es sin el contraste de lo prójimo. Lo auténtico brota de la aceptación, de librarnos de este destino cadente, de romper las ataduras de la apariencia, reconocer que nos domina esta pasión femenina de revivir el pasado para volcarnos sin miedo en el futuro. Mientras tanto, hacemos cosas.

Farolas titubeantes

© Álvaro Rendón Gómez

Luciérnaga fija de paseo, de calle solitaria, de rincón sombrío y tétrico, de plaza pública donde la chiquillada se reúne y sueña a ser policía o ladrón, bandido o vaquero, en roles que quizá imiten al crecer. Esta farola parece fatigada. Tiene el filamento gastado, a punto de fundirse en el calor que produce luz, pero aún se resiste y cumple con la promesa de rasgar la oscuridad, transformar la noche en día, la duda en certeza, pérdida en encuentro, hasta su último brillo.

Farola que muestra caminos que se adentran en la negrura de lo incierto, abriendo alas que permiten volar hacia el sueño despierto, venciendo las tinieblas de la ignorancia, la ceguera y el oscurantismo. Luz sabia que esconde corazones plenos, certeza blanca que contagia y vivifica. Qué haríamos sin Ti. Tal vez sólo necesitemos la fuerza para vencer esta incertidumbre que nos ahoga, esta permanente lobreguez que nos aterra, salir de la opacidad que nos ciega.

Dios mío, hazme farola al servicio del Verbo luminoso de tu corona. Adán en el atardecer del sexto día. Barro inanimado que un día fue despertado por Tu soplo vivificador. Triángulo de Aire y Fuego, forma primigenia rescatada de la oscuridad de lo informe, de la nada existente, del todo inmanifestado.

Amor de viento y luz, de astros que agujerean el firmamento nocturno, esperanza del ignorante que desconoce que más allá de Ti y de mí, de esta ilusión de luces y de sombras, hay un paraíso donde beber del árbol prohibido.

Abre tus ojos, mujer. Abre tus ojos a la verdad que esconden los objetos más simples. Acércate a los seres que pueblan este hábitat que creemos inmenso, aunque reducido a una ínfima capa de moho verde. En ella crecen sombríos bosques, hojas mecidas por el viento, frutos que alimentan criaturas. Todo espera el último despertar a la Luz, a la auténtica y permanente Luz.

Paseador de libros

© Álvaro Rendón Gómez

Me dicen que se declara poeta. Todos llevamos un profeta del sentimiento, un mago de la palabra, un niño que se deja impresionar por cosas que pasan desapercibidas para el adulto. Pese a su saludable aspecto, lo noto abatido y, al mismo tiempo, con la cabeza erguida, buscando en el horizonte eso desconocido que sus muchos años, y sus múltiples viajes, no lograron descubrir. No sé qué es y le pregunto con la inocencia de quien lo desconoce todo. Y me dice que aun escribe, que rellena folios en blanco, garabatea palabras que no logran adormecer su obsesiva mirada.

Lo veo caminar por el paseo marítimo de Valdelagrana, parándose con los conocidos, que son muchos, mostrándole el libro que ha escogido aquella fría mañana de febrero. Se sonríe cuando dice, quitándole importancia, que es suyo, que lo ha escrito él. Es un breve poemario, apenas una veintena de versos, sin métrica y con rima machacona. Vuelve a sonreír cuando tomamos el librito y lo ojeamos. Sus ojos se llenan de vida observando cada posición de nuestros dedos al pasar las páginas, notando que leemos una primera estrofa. Nos interroga en silencio y vuelve a brindarnos una nueva sonrisa. Está pletórico. Es feliz enseñando su obra. Se siente completo y da por bien empleados los dolores de espalda frente a la diminuta pantalla de su portátil, el esfuerzo físico de hundir las puntas de los dedos en sus teclas, y admirar maravillado cómo se forman palabras que hilan pensamientos y cuentan historias. No creo que ningún escritor que disfrute con su trabajo, es decir, vocacional, se pregunte alguna vez el por qué escribe si nadie lo lee. Si fuera así habría que preguntarse por qué respiramos si sólo cubrimos una necesidad personal, por qué seguimos vivos, nos movemos ocupando espacio que otros muchos lo hicieron antes que nosotros. Y, sin embargo, la vida es un hacer personal, un tamizar a través de los sentidos, un impregnarnos de lo inmediato, cubrirnos de todo cuanto no somos, o disolvernos para dejar de ser.

El tiempo es cadencia. Sentir su paso, soportar su languidez monótona, nos hace estar vivos, tener la oportunidad de compartir este sol que llena el ambiente de una especial magia, este viento que sopla tenue acariciando nuestra piel, este aire puro que anima y ennoblece cada respiración, esta gente que se muestra contenta y completa.

Y como parte de este paisaje singular, la figura paciente de este paseador de libros -propios y ajenos, uno cada vez-, que siente la necesidad de oxigenar sus páginas, de llenarlas de miradas furtivas y curiosas de quienes lo saludan, y que se aferra a la esperanza de lo que acaba de sucederle, dispuesto a regalar toda la información que, no por repetida, carece de la frescura de la improvisación.

Él nos habla de cuando fue marino, incansable viajero y profesor en el Laboral de la calle Santo Domingo, en el Puerto de Santa María. Es un jubilado -no le gusta decir que está jubilado porque el ser y el estar no siempre significan lo mismo, y sonríe como si acabara de descubrir la piedra filosofal-, un jubilado incompleto desde que dejó la docencia. Le falta esa treintena de alumnos que atendía expectante sus largas parrafadas, que le hacía sentirse útil, en esa utilidad que es valor.

Por qué pasea libros. Por qué repasa con la vista la estantería donde se alinean los libros que leyó algún día, de joven, y que ahora forman parte de sus recuerdos. Por qué selecciona uno, ese en concreto, no el de al lado sino ese en especial. Lo palpa, abre las tapas, repasa la composición de los párrafos y sale a la calle. Se sentiría desnudo sin él, piensa. La gente cree que está loco. Como ese individuo que a las cuatro de la tarde de un 20 de agosto pasea por la orilla de la playa envuelto en un abrigo de pieles, botas altas de montar y bufanda tapándole la boca. Ese individuo no es normal, pero tampoco está loco. Probablemente tenga averiado el termómetro del organismo, va a la contra de todo el mundo, o desea disfrutar de su minuto de gloria. No está loco.

El tiempo transcurre aplastándolo todo. La vida es un instante herido que pasa de puntillas. El ser humano es una minúscula célula en el universo infinito. Las obras se olvidan. La historia es un bulo contado por especuladores. El paseador de libros sabe que el mundo está en manos de ignorantes, de arribistas y oportunistas, de triunfadores con el sudor de otros, de gente con suerte. Nada puede hacer contra el destino que le marcó. Sólo huir, ignorar y oxigenar ese tesoro de conocimiento que guarda en casa. El libros es, y será siempre, su más entrañable compañía.

Dos orillas, dos mundos

© Álvaro Rendón Gómez

Contemplo el estatismo cambiante de este río que pasa silencioso junto a mi pueblo. Atravieso con él la inmensa marisma y me impregno con la sal del mar. Soy afortunado al estar vivo, al superar segundo a segundo el intangible tirón de la Muerte, siempre mostrándome el frágil peligro de dejar de ser, y perderme el seguir siendo mar y río durante el resto del día. Huyo de las gaviotas, empeñadas en atravesarme y atrapar a jirones la plata que guardo para el pescador. A qué tanta prisa por cerrar estos ojos a la belleza del paisaje que se ve desde esta orilla, la de los vivientes. Pregunto a la Dama, caminante impune por la orilla de los vivos despiertos, afanada en dormirlos. Ya sé que el ser humano es tierra y aire, fuego y río, aunque nos disfracemos con estos vestidos que creemos que cambiarán nuestra naturaleza efímera. Dónde los vivos difuntos, los difuntos cadáveres que pueblan la orilla civilizada. Por qué huyen de la blancura de esta espuma que antes fue ola, del ardiente sol estrellado en la arena, del soplo de atardecer que antes fue viento, de la caricia que fue beso de bienvenida y abrazo de reencuentro. Dios, cómo diferenciar lo auténtico de lo ufano.

A un lado, la orilla de los engreídos y jactanciosos, plantada de cuerpos huecos, de pellejos tensados al calor de velas encendidas que únicamente suenan al temblar, golpeados por quien ostenta el poder. De los que se afanan en derribar a los que creen distintos, minimizando sus aciertos, maximizando sus errores, llamándoles lo que su limitada mente les da a entender. A esta orilla de falsos ilustrados, instruidos en viejas enciclopedias, sólo se habla de oportunismo y de guardar sillas que perdieron los que se fueron a Sevilla. Viven cegatos de corazón, impedidos para siquiera sospechar lo que es la vida.

En la otra, el paisaje brota generosamente, se abre, engalanado y lustroso. Nada sabe de iniquidades humanas, de plantear batallas para seguir anclado en donde se siente cómodo, no cree en estupideces que por repetidas sospechan haber convertido en una gran verdad. En ella, crece la esperanza. Es la ribera de los vivos y está llena de luz, de viento húmedo y fresco, de verdor, de campos que huelen a campiña, también a rocío, a jara y a romero. Las muchachas van descalzas, lanzan besos de aire, se mezclan con los vientos que durmieron apacibles y despertaron con el ansia de ser protagonistas. Por desgracia para el río de mi pueblo, la orilla muerta grita más que la orilla viva, desterrada a pasar de puntillas.

Nada importa que sea así, que ocurra esto que lloro. Siempre pensé que el silencio no es mudez, sino el lenguaje de las personas cultas. Su nada encierra la Belleza y la Paz, en su sentimiento más puro. Y así, este silencio sonoro, capaz de retumbar en el interior de los vivos, sólo puede ser preludio elocuente de la Sombra que, al contrario de lo entendido, es plenitud de la vida. En ella nada se acalla. Todo nos habla y se mueve. Y el río, mi río. Y el mar, mi mar. Cuánto os echo de menos.