Lo evidente

Unos son más evidentes que otros. Una malformación, una cojera, la persona que esconde el ojo, o el que va sobre una silla de ruedas empujado por un familiar, amigo o contratado, se captan de inmediato.

Son enfermos que llaman la atención, que le cedemos el asiento, le damos prioridad en una cola, procuramos mostrarle la mejor de nuestras sonrisas. Es casi una obligación moral de solidaridad con el que sufre.

En estos casos, no precisa explicación alguna. Su misma dolencia manifiesta el sufrimiento por el que pasa. Sabemos de un vistazo que su vida no es sencilla, que debe sustraer tiempo de otras actividades y dedicárselo a la cura y a la superación.

En otros enfermos en los que la dolencia no es tan manifiesta, no tenemos tanta consideración; pese a ser más mortales. Quizá sea porque un enfermo de corazón, un enfermo renal crónico, un asmático o que combate con quimio o con radiación un cáncer expansivo, no se manifiestan con tanta evidencia.

Pues bien, si somos capaces de comparar, tal vez nos llevemos la sorpresa de descubrir que los enfermos más graves y que no tienen más cura que un prolongado tratamiento de humildad, son los de comportamiento, los incapaces de relacionarse con normalidad, los antipáticos crónico, los renegados, los cobardes de condición, los avariciosos convulsivos, los que se creen con todos los derechos y ninguna obligación. Estos últimos, incurables, van por la vida como el caballo de Atila. No les odio, trato de ignorarlos, tratarlos con la indiferencia de un enfermo rebelde que se empeña en no curarse.

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Esta es mi decisión

Hoy he cumplido los años que vivieron mis antepasados.

Fiel a ese legado de vida, he procurado vivir conforme a sus reglas, con honradez y sin miedo. Como no podía ser de otro modo, he convivido con las leyes naturales y cósmicas, convencido de que sólo estoy de paso, que lo que viví sólo fue un préstamo, un regalo; que debo dejar sitio a una nueva generación que asuma la responsabilidad de vivir cada instante con cordura y conciencia.

El fin no ha variado. Venimos para aprender, tanto si somos alumnos rebeldes, como dóciles corderitos. La lección es única y cada cual debe descubrir el vínculo que le une a macrocosmos y, también, al microcosmos; que todo está relacionado y que no existe más disparidad en el conocimiento que nuestras limitadas capacidades para entenderlo. Estamos demasiado ocupados en establecer partes, formar grupos, dividir y separar, como para ver la interrelación, los vínculos, la unidad en la variedad del Todo.

No deseo hacer una lista, una especie de currículum o de memoria. Lo vivido y sentido quedan en algún lugar de la sopa universal.

Honores… Ninguno. Nada hice fuera de un modesto cometido, cumpliendo con la sociedad, con los amigos y, sobre todo, con los que compartieron el camino. El reconocimiento de mi mujer y de la familia de nuestro hijo, son suficientes méritos como para pasar el primer examen, la primera evaluación, el primer peso colocado en el platillo de las cosas acertadas que deben compensar los muchos defectos que el Juzgador pondrá en el otro platillo.

No pido halagos, ni aplausos, ni honores, títulos, merecimientos. Juro volver de donde sea para protestar airadamente contra este tipo de estupidez. Las medallas, placas y nombres de calles, deben ser para quienes las persiguieron, para quienes acapararon cargos, amistades peligrosas, cuadrillas de envidiosos, ineptos y toda esa especie animal fariseo y mezquino.

Aplausos por haber hecho lo que debía… Exijo secreto, sordo e íntimo.

Medallas y títulos… A la basura. Que se las den a los que gustan de lucirlas que perdieron su tiempo buscando el halago y el reconocimiento. 

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Atardecer de otoño

Sereno chapuzón de luz en las frías aguas de mi bahía. Lentamente, el disco naranja intenso se sumerge en la calmosa línea azul.

Acortado por el límite ilusorio del mar pasa a ser casquete circular antes de acabar en un agónico segmento luminoso. Es tan intenso que parece llenar el cielo, expandido en firmamento iridiscente.

Cuando todo parece acabado, el espectáculo entra en una nueva fase. Se produce una tenue inversión cromática. En la misma línea de agua, el rojo del arco iris ahora es naranja intenso, oscuro y profundo, que se difumina en naranja amarillento al elevarse. Inmediatamente más arriba es luz gualda, casi imperceptible, que se vacía en una franja verde, preludio de los azules -celeste y ultramar–, que se derramarán en hermosos violetas heroicos

Algo parecido ocurre en la vastedad del piélago, que pasa de verde esmeralda a azul de Prusia por un intenso azul ultramar. A medida que la luz abandona sus brillos tornasolados, la vacuidad creada por esos tonos oscuros, profundos y magnánimos, sirven de pies de apoyo al sereno torbellino alado que se manifiesta en el firmamento.

Antes de que todo acabe, el grito final del sol apagado es una intensa línea verde en el horizonte. Parece como si ese verde fagocitara todos los demás. Dura un instante y no siempre ocurre. Únicamente durante los atardeceres de otoño, y en la bahía de Cádiz.

Cuando logro captarlo, me siento un privilegiado.

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Campana oxidada

Metal dejado a la intemperie. Sacudida por lluvias inmisericordes y mecida por vientos salados del estero, la campana espera paciente el golpear del badajo, sentirse una vez vez protagonista.

Recuerda los tiempos en que su voz llamaba a la oración, marcaba los tiempos y anunciaba el peligro. Hoy no es más que un inútil superviviente, huella mortal del paso del tiempo.

Pese a que aún preside la aguja mocha del vetusto campanario, referente de santidad del lugar que marca, sigue sorda, sin empeño. Convertida en solitario nido de palomas carroñeras, soplos bullangueros que descansan en su interior, o en meta del anciano que busca imágenes en blanco y negro de una vida que se fue en un instante.

Hoy, quiero subir a lo más alto y peinar tu leñosa melena, resquebrajada; reponer el badajo y cimbrearte como quien despierta al recién nacido. Tal vez estos soles de abril y mayo, convertidos en sonoros brillos, llenen el aire de señales. Y creyentes y peregrinos atisben en el cielo, incrédulos, tu postrera llamada a la esperanza.

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Antipáticos

Hay gente –que no personas–, que se creen pertenecer a una escala social diferente, a un nivel evolutivo muy por encima de la media. Para lucir ese grado superior, y ser reconocidos como individuos de la raza destinada a pisotear a las que creen inferiores, se visten con ropas caras, exhiben baratijas brillantes –como el simio que descubre un trozo de vidrio y presume de él como un tesoro único–, o se embadurnan el rostro con polvos de colores que al tiempo que tapan las arrugas dan un color juvenil a su blancuzca piel. Muñecos de porcelana de miradas huecas y atemporales, que apestan a perfumes rancios y extravagantes, promocionados por jóvenes que posan en paisajes idílicos retocados por Photoshop, yates prestados; o esculturales cuerpos que toman el sol en playas solitarias, tan falsas que no convencen ni a los incautos. Las más de las veces sus vestidos apestan a alcanfor, el conservante de toda la vida.

Son la misma gente que utilizan un vocabulario restringido de no más de veinte palabras hueras que cargan de poli-significados. Suficientes para describir emociones falsas, rasgar situaciones, despedazar vidas y menospreciar. No se paran a enunciar juicios justos, prejuzgan o ensalzan las diferencias que les hacen ser exclusivos, imprescindibles en las fiestas, cócteles y reuniones de cierto rango. Esclavos de  las marcas, de las tendencias y de los modernismos que sólo existen en los “mundos de Yupi”. Obsesionados en la postura corporal, en el empleo de latiguillos verbales con el que designan situaciones y objetos variopintos, que sólo conocen los miembros de su restringido clan.Más propio de enajenados que de cuerdos.

Hacia afuera, se comportan como espíritus puros, refinados anfitriones, sin máculas, repiten los mismos clisés, adoptan las mismas poses, y sólo sienten placer en la vanidad y el egoísmo exacerbados.  Hacia dentro, son unos fracasados, insensibles y solitarios.

Me repatean cuando se dirigen a otros mirando hacia la nada y elevando el mentón, como si los demás oliéramos raros, retozáramos entre el fango de una existencia plana y no fuéramos dignos de escuchar sus explicaciones ramplonas e inexactas. Llevan en el más humillante secreto sus visitas a las oscuridades donde defecan y orinan; porque ese comportamiento escatológico les iguala a la humanidad que odian.

Para aislarse se asocian en clubs cerrados donde matan el tiempo jugando al golf, ese estúpido deporte cuyo fin es meter una pelotita en agujeros practicados en campos tan inútiles como ellos.

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Te echo de menos

Carne fundida a tu carne. Alma y cuerpo únicos que me hacen dudar de dónde empieza el tuyo y dónde acaba el mío. Tu diriges la mirada para que yo vea. Toco los objetos del mundo para que conformes su imagen en tu cerebro. Respiro tu aire y tú lo exhalas, transformado en esencia vital, en ilusión y esperanzas. Palabras que hacen vibrar mis cuerdas vocales para que los huesecillos de tu oído las transformen en música celestial, en armonía abierta al Cósmico.

Mis manos, entrelazadas a las tuyas, son como suaves cadenas que nos atan, como vasos conductores, como un todo que abarca y comprime.

Llantos de risa, negaciones que afirman, torbellino que calma, sombras iluminadas, atardeceres refulgentes convertidos en valiosas penumbras, gritos ahogados por besos que callan y dicen.

Mis mejillas palidecen cuando no estás, cuando me faltas, o te siento distante. El Paraíso es una ilusión si noto tu mirada nublada, inquieto el ánimo, confusa en medio de certidumbres que ahogan.

Luego, cuando te miro y tu mirada me señala, no sé si responder o perderme. Mis vellos se electrizan cuando notan próximos las puntas de tus afilados dedos. Cuando me besas, abres de par en par tu enorme corazón, y algo muy especial hincha mi alma.

Solo, te echo tanto de menos.

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Una ciudad moderna

Nuestros jóvenes, los mejor preparados de las últimas décadas, no encuentran empleo. No lo hacen por un curriculum insuficiente, ni por una cualificación ajena al puesto que optan, ni siquiera por ganas de trabajar y abrirse paso en la vida. El problema es ajeno a ellos. Es de la sociedad, incapaz de crear empleo.

Todo el tejido productivo que solía dar empleo hace unas décadas (Industria, empresas de distribución, comercios, negocios familiares, despachos de gestión, etc.) han mermado y desaparecido, al no poder soportar un progresivo agravamiento de los impuestos directos e indirectos. Se ha creado un tejido administrativo absolutamente insostenible para el ciudadano y para los productores de empleo. La clase política arrastra para su bolsillo ingentes cantidades de dinero muerto (porque no se invierte), cuando no se moja en negocios turbios que encarecen proyectos sociales.

Cuanto mayor es el aparato administrativo de un pueblo, o ciudad, menor es la capacidad de gestión de los directores y políticos que los han colocado a dedos. Complican el papeleo, duplican los servicios, crean necesidades inexistentes, dedican monumentos a su propia gestión, mienten y roban.

Mientras tanto, nuestra juventud vaga por los despachos, asisten a cientos de entrevistas, pierden la esperanza y se aburren de cursillos, másteres o pamplinas para llevar el inmenso hueco en que se ha convertido su futuro.

Me diréis que los Ayuntamientos, Diputaciones y Organismos Oficiales variopintos contratan mucho personal. Es cierto, ofrecen trabajos reiterativos, vacíos de contenidos, absurdos y con sueldos insuficientes. A los mejor remunerados sólo llegan los enchufados, los amigos de amigos de amigos, del que posee el poder de nombrar con el dedo. Y hay mucha diversidad de nombres para designar esos puestos de inútiles: Qué es un consejero… Necesita secretario, subsecretario, telefonista, chófer, para aconsejar… Y los asesores directos… Necesitan secretario, subsecretario, telefonista, chófer, para asesorar… Menuda tropa.

Cuando nos enteramos de la preparación de esta tropa, cómo escriben, hablan, se expresan; y el sueldo que le endilgan por las horas que le dedican al cargo, se nos caen dos lagrimones de sangre.

Los pueblos se hunden y sus gentes languidecen. Sin cultura y sin promocionar las riquezas propias. La inversión en infraestructura se limita a replantar claveles y rosas en los jardines cuando llega la primavera, o en ornar las calles para los Patrones.

No nos toméis el pelo, por favor. Parece imposible que el dinero de los contribuyentes sólo dé para alimentar a toda esa tropa de vagos, ineptos y sin más ideología política que reptar por la izquierda o por la derecha.

Un futuro creado por el último reducto de viejos, amodorrados y apoltronados en su ineficacia, sólo puede llevarnos al desastre. Imaginaos cuánto haría esta juventud super-preparada por su pueblo si tuvieran la menor oportunidad de hacerlo… Qué no darían por verlo reanimarse de su largo aturdimiento…

Se me ocurren tres ideas:

Primera.

Reducir a la tercera parte el aparato de la Administración. Despedir progresivamente (sí, despedir, echar a la calle) a las dos terceras partes de los administrativos; cerrar oficinas y chiringuitos elegantes donde sestean los carguetes; prescindir de asesores, consejeros y cargos intermedios; reciclar la plantilla de funcionarios, vía jubilación anticipada, vía cursillos de actualización de tareas.

Las consecuencias inmediatas de esta primera medida, aunque se tenga que contratar bufetes de abogados laboralistas, convencer a sindicalistas y pasar por un hijoputa, es una reducción drástica de jornales, gastos corriente y alquileres.

Segunda.

Con el dinero ahorrado por la medida anterior, se pueden bajar los impuestos a comercios, restaurantes y bares. También habría para invertir en proyectos que promocionen la ciudad y sus alrededores como potencia turística, como balnearios de agua salada, residencias baratas para la tercera edad, actividades subacuáticas y al aire libre –pinares, marisma, playas, sierra, grutas, etc.-, restaurar y habilitar edificios históricos y emblemáticos, fomentar la cultura popular –cursillos de pintura, escultura, informática; teatro al aire libre, promoción de la lectura en los barrios–, crear un Premio Literario de la Ciudad, subvencionar asociaciones y grupos culturales –teatros, comparsas, chirigotas, peñas flamencas, etc.–, crear un Museo del mar, un Museo de Escultura y Pintura Locales y mejorar el Museo Arqueológico; y organizar cursos sobre Historia de la Ciudad para guías turísticos, conferencias, exposiciones, etc.

De igual modo, se contratarían inspectores de locales públicos, a fin de que una vez al mes, como mínimo, realicen visitas de inspección a restaurantes, bares, cafeterías, heladerías, pizzerías, hamburgueserías, kebabs, pollerías, churrerías, pescaderías, carnicerías, panaderías, pastelerías y kioskos de chucherías. Teniendo especial atención a la manera en que se dirigen al público que acude a estos establecimientos, exigiendo trato educado y una limpieza e higiene personal impecable. Esto sólo reportará beneficios a la ciudad, y el ciudadano autóctono, el foráneo y el turista encontrarán una ciudad limpia, bien atendida y repetirá la visita.

Tercera.

Recuperar, mejorar y fomentar los sectores productivos tradicionales, como la pesca, subvencionando la creación de acuarios, empresas de tratamiento, comercialización y distribución. Promocionar la ingesta moderada de los caldos autóctonos y sus derivados. Modernizar el Mercado de Abastos y sus alrededores para que tenga vida nocturna, que pasear por el centro sea divertido; promocionar el transporte urbano con autobuses no-contaminantes más pequeños y con mayor frecuencia; peatonalizar calles para el disfrute de los ciudadanos, bajando los impuestos a las terrazas; cuidar el comercio local, la artesanía local, las fiestas locales (religiosas y estacionales).

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